HERE TODAY, GONE TOMORROW

A primeros de año las novedades discográficas llegan como agua de mayo, cargados de elogios y expectativas. Tres meses más tarde, con la acumulación de discos importantes, nadie parece acordarse de ellos. Es un hecho tangible, tal y como demuestran esas listas anuales, a veces caprichosas, a veces reiterativas, que se empeñan en beneficiar a lo más reciente y parecen olvidarse de lo más antiguo. Qué interesantes suenan los discos de enero y febrero, y qué poco parecen pintar cuando llega diciembre. Todo eso me hace pensar acerca de lo efímero de esa euforia. Quizá en Inglaterra o Estados Unidos, donde este tipo de cosas gustan de una manera natural (porque, al fin y al cabo, forman parte de su cultura y su cotidianeidad, mientras que lo nuestro tiene más que ver con Ketama, Bisbal y Serrat, y no es una crítica, es simplemente un comentario realista) ese efecto no sea tan contundente; quizá tan sólo se trate de la visión de alguien que no vive en los países donde originalmente se hace esta música. Allí, imagino, esos debús, esos discos de primeros de año, tienen presencia continuada en unos medios que los quieren por lo que son, no por rellenar tiempo o para que un crítico demuestre que está al día, o para que un locutor se luzca estrenando novedades. Pero estaba hablando de una euforia que no tiene porque apagarse tan pronto. La corazonada de estar a punto de dar con un disco que te va a acompañar durante horas, o de un artista al cual vas a seguir de cerca durante años. Creo firmemente en la idea de que la música pop es algo inmediato. Puede adquirir o no el carácter de clásico, pero si funciona en el momento en el que tiene que hacerlo, entonces no problemo. Uno tiene sus viejos y no tan viejos compañeros de viaje pero también sabe que esa familia es siempre susceptible de crecer y ser ampliada. Hay discos en los que uno intuye cierta magia. Hay artistas en los que se detecta algo que los hace únicos. Es el viejo proceso que alimenta esta máquina que es la industria del pop y siempre ocurre lo mismo, al comenzar el año, cuando esas corazonadas aumentan y a veces avisan de que algo bueno está a punto de aparecer tras la esquina. Ni agosto ni diciembre serían lo mismo sin todo eso.