ONCE COSAS QUE DETESTO DE LA MÚSICA POP

Hoy pienso tomarme el día libre así que no pienso escribir sobre música (1). Es la actividad con la que me gano la vida y sé que no debería quejarme porque soy muy afortunado por ello,  y así me siento. Pero toda cara tiene su cruz y qué queréis que os diga, después de 28 años escribiendo sobre música me encantaría guardarme mis opiniones para mí solito y no tener que estar dando la tabarra a gente que, estoy seguro, en su gran mayoría le importa un bledo lo que yo diga. Así que me tumbo a la bartola dispuesto a leer otras publicaciones musicales. Mi tranquilidad se esfuma cuando el autor de un artículo se dirige al lector usando la segunda persona del plural y hablándole  de usted (2); es una costumbre muy extendida que no logro entender; no sé porqué pero cada vez que leo frases así siento como si me hablara Fofó. Abro un periódico y leo una entrevista en la que alguien afirma tajantemente que le gusta la buena música (3). Me dan ganas de llamarle por teléfono y decirle que hay música espantosa que es fantástica (y viceversa), pero en lugar de eso acabo cogiendo una revista especializada musical española. Y entonces sí que me enfado de verdad porque nada más abrirla alguien se refiere al grupo The Velvet Underground como la Velvet (4). Sólo puede suceder en España que a uno de los grupos más increíbles de la Historia del rock & roll se le trate como si se hablara de una vecina. Pero claro, todo puede ir a peor, porque a continuación el periodista insiste en tratar a los lectores de ustedes. Paso página con un cabreo monumental y comienzo a leer una crítica en la que aparece unos de los tópicos más aborrecibles de los últimos años: el calificativo de pop luminoso (5). Alguien debería crear un correccional para críticos perezosos –pienso- un lugar al que vayas cuando utilizas más de tres veces al mes adjetivos como seminal (6). Sí, una especie de centro de reeducación en el que te obliguen a escuchar constantemente los discos de gente como Los Campesinos! (7) y Jakob Dylan (8). Me levanto completamente cabreado y decido ponerme a ordenar mi despacho de una vez aprovechando la oleada de adrenalina que  anega  mi ser. Acarreo pilas de papeles  que hay que clasificar y me pongo a ello. Descubro una publicación  que empiezo a hojear y de repente, ante mis ojos, aparece uno de mis artículos (9). Comienzo a leerlo pero tres párrafos más tarde estoy indignado a causa de mis propias palabras. Tiro la revista por la ventana incapaz de asimilar que, muchas veces , uno también es aquello que detesta, y decido tranquilizarme dando un paseo mientras escucho música en el iPod. Llevo casi un kilómetro andando y aún no he podido escuchar nada porque ahí adentro  hay acumulados tantos gigas de música (10) que me es imposible decidirme por alguien. Se me fastidia el paseo y vuelvo a casa decidido a calmarme, aunque no puedo evitar el temor que se apodera de mí cada vez que abro el buzón y recojo el correo, pensando que quizá alguien haya tenido la gran idea de enviarme una copia promocional del nuevo disco de Iguana Tango (11). Como no podía ser de otro modo, el disco está esperándome en el buzón. Es entonces cuando me planteo si realmente soy tan afortunado por poder dedicarme a lo que me gusta, porque escribir sobre Iguana Tango no es precisamente algo ni que me guste ni que me apetezca. Es igual. Me vengaré de mi suerte sentándome a escribir mis opiniones sobre tal o cual disco o artista, me da igual que sea mi día libre. Pero eso sí, sin hablarle al lector de usted. Palabra.