TRUE BLOOD

Las series de televisión que abordan el género fantástico suelen ser rápidamente olvidables, entretenimiento pensado para un público juvenil al que, por lo visto, hay que evitarle tener que pensar demasiado. En mi caso (que es el de un adulto condenado a un existencia pop que se debate entre lo superficial y lo profundo, con la esperanza de no ser nunca demasiado de ninguna de las dos cosas), si una serie televisiva no me ofrece un plus de morbo, de inteligencia, de tensión, no soy capaz de seguirla. Me enganché como un adolescente a la lucha entre el bien y el mal, entre lo normal y lo anormal, que tenía lugar en la cruelmente breve Carnivale. Me encanta, por ejemplo, que uno de mis héroes televisivos favoritos sea un asesino en serie llamado Dexter, que intenta adaptar su naturaleza asesina al mundo “normal” al cual desea pertenecer. Soy fan absoluto del profesor Walter White; su descenso hacia el corazón de las tinieblas me parece que está planteado, contado e interpretado de una manera magistral en Breaking Bad. Y por supuesto, Los Soprano y A dos metros bajo tierra me parecen de reclinatorio. Todas ellas son series con las que puedes identificarte y disfrutar, reír y llorar. Con True Blood he encontrado otro tipo de divertimento. Además del hecho de haber reivindicado la figura del vampiro como ente ambiguo, morboso y amoral frente a los pesados adolescentes de Crepúsculo, a True Blood hay que agradecerle que la lujuria haya vuelto a la tele. Un detalle digno de su creador, Alan Ball, el hombre que hizo que A dos metros bajo tierra mostrase casi todos los rincones del alma y el cuerpo humanos en las más diversas situaciones. True Blood no se parece en nada a ésta salvo en sus ganas de mostrarnos aquello que nos da miedo que nos guste. Su fantástica cabecera y la canción que la ilustra (“cuando tú entraste, el aire salió”) son el prólogo de una serie que mezcla géneros sin ninguna vergüenza, que se vale del sexo para perturbarnos. Por supuesto, también plantea ciertos dilemas que, aunque sólo sea por esta vez, no son lo más importante en el conjunto de capítulos incluso si la trama principal gira a su alrededor. Una sociedad en la que los vampiros pujan por convivir con los humanos sin conseguir doblegar su naturaleza depredadora. Un pueblo del sur en el que quien más y quien menos acaba descubriéndose como un ser sobrenatural. Unos personajes acosados por todas esas incertidumbres, capaces de transformarse en algo que quizá no les es del todo ajeno. True Blood me parece inteligente, original, atrevida, un divertimento que hace que la sangre fluya tanto por las venas de sus protagonistas como por las de los espectadores que la disfrutamos.