JIM MORRISON

Los años no han hecho más que acrecentar el enigma que ha terminado siendo su aura eterna. Dentro de unos meses se cumplirán cuarenta años de la muerte de Jim Morrison, un tipo que murió para convertirse en un mito, un mito en toda la extensión de la palabra, un mito como los personajes que pululan por las historias de los dioses de la antigua Grecia que tanto le atraían y a los que tanto se parecía. El cantante de The Doors murió y entre los pliegues de su legado dejó abierta una cuestión: ¿Quién demonios era exactamente Jim Morrison? Al personaje de los lugares comunes lo conocemos de sobra, pero años después sorprende que todavía no sepamos describir con precisión al individuo, al artista. Sabemos que fue una estrella alborotadora, que descubrió su poder chamánico celebrando el ritual del rock y lo utilizó para alterar ese orden que tanto detestaba. El Morrison que también ejercía como imán sexual, cuyas letras estaban llenas de mujeres frágiles y perdidas, tan perdidas como él. El amante de la no menos perturbadora Nico, quien tras su muerte decidió homenajearle interpretando noche tras noche The End, la canción más impresionante que grabaran The Doors. Un a canción que a su vez es otro enigma, un texto acunado en una hipnótica base musical, un poema onírico que explota con una fantasía edípica ahogada en un grito, y que a su vez nos devuelve al enigma Morrison. El artista que disfrutaba burlándose de todo y de todos, la rock star que nunca quiso ser tal cosa, porque le interesaban más el cine y la poesía que el rock. La estrella anuló las posibilidades públicas del poeta y del cineasta. La gente que iba a verle sólo quería ver al tipo que desafiaba a la autoridad, al cantante que proclamaba que la guerra había terminado en pleno conflicto en Vietnam, al que la liaba parda en cuanto veía la oportunidad y gritaba “queremos el mundo y lo queremos ahora”. El magnífico documental de Tom DiCillo, When You’re Strange (un collage de imágenes de archivo de Morrison y los Doors que prescinde de entrevistas actuales y de opiniones externas) nos acerca a esa cara tapada por el escándalo y la voracidad morbosa de los medios. A través de un montaje de imágenes en directo, películas hechas durante las giras, fragmentos de cortometrajes, actuaciones y apariciones en televisión, nos lleva todo lo cerca que se puede estar del conflictivo Morrison y nos deja una vez más, preguntándonos quién era. Aunque quizá, uno de los momentos en los que más cerca estamos de comenzar a saberlo es al poco de comenzar la película, cuando los cuatro Doors van apareciendo en un aeropuerto europeo y contestando uno a uno cómo se llaman y a qué se dedican. Cuando llega el turno de Morrison, en lugar de contestar mira a la cámara con una sonrisa malévola que se congela. “La diferencia de edad entre el músico y el espectador no es demasiado grande”, escribió Lou Reed en 1973 en un ensayo sobre las estrellas del rock fallecidas. “Pero desgraciadamente, los que están sentados en la cuarta fila se imaginan que los que están en el escenario saben algo que ellos no saben. Cosa que no es cierta. Simplemente se necesita tener un ego muy asentado para permitirte a ti mismo ser amado por lo que haces y no por lo que eres, y un ego aún mayor para darse cuenta de que eres lo que haces”. Seguramente, Morrison sabía lo mismo que muchos otros, pero el modo en que le afectaba esa información le convirtió es un personaje único. Era lo que hacía, y lo que hacía aniquiló lo que era, para dejarnos ese magnífico enigma, el más poderoso de todos los que ha conocido la historia del rock.