PANTALLAS DE PLASMA

Las máquinas de aeróbicos del gimnasio al que voy están colocadas frente a una serie de pantallas de televisión que cuelgan de una enorme viga. De este modo, mientras caminas, corres o trotas, lo haces mirando la televisión; mejor dicho, las televisiones, porque como mínimo puedes ver tres cadenas a la vez. Yo hago ejercicio a primera hora y lo que me encuentro mientras estoy subido a la cinta son los primeros bostezos informativos, las incipientes impresiones acerca de casi todo lo imaginable. Cuando estoy en el gimnasio voy siempre conectado al iPod, es una de esas realidades que resultaría insoportable sin una banda sonora propia. Soy capaz de levantarme a las 6 de la mañana para ir a hacer ejercicio, pero como al llegar descubra que me he olvidado el iPod, me vuelvo casa. Hacer ejercicio mientras veo los primeros telediarios de la mañana y hacerlo escuchando un playlist que no tiene nada que ver con eso, hace que todo sea mucho más interesante.

Así pues, día tras día, me subo a una cinta para caminar durante un buen rato sin llegar a ningún sitio. A poco que levante la cabeza, ahí están, las noticias que me llegan solo en imágenes porque las pantallas funcionan sin emitir sonido. El sonido se lo pongo yo, en el interior de mi cabeza. Improviso un diálogo inspirado por las ráfagas de información que me van llegando mientras, desde otro confín, suenan canciones de electroclash, una selección de Ze Records o una de los Stones en su etapa Decca. Una fuente de energía que me ayuda a mover el cuerpo mientras contemplo una cadena de imágenes incomprensibles. A la izquierda, la realidad tal cual: manifestaciones, explosiones, decisiones judiciales y cumbres económicas; y también, los internautas, los entrenadores de fútbol, la alerta naranja y el cine español. En otra pantalla, el programa de Ana Rosa (ya no estoy muy seguro de si tiene nombre, las iniciales parecen haberse comido al resto de letras) rezuma perfección. Ahí todos están bien, se visten bien y sonríen a pesar de todo porque el decorado da alegría y a los que están sentados parece no afectarles la zafiedad innata que emana Gran Hermano. Y en el otro lado, debate matinal sobre los temas de actualidad (Ana Pastor es inmejorable como presentadora y moderadora, transmite una paz y una sensatez que me hacen dudar de que sea española) y una entrevista a un político que seguramente está diciendo todo lo que ya sabíamos que nos iba a decir. Llevo un buen rato caminando en dirección a las pantallas pero, claro, nunca las alcanzo. Miro alrededor y veo que el resto de personas que hacen cinta, spinning o bicicleta también observan las imágenes con el interés y el escepticismo de quien ve un OVNI cruzar el cielo. Me doy cuenta de que es como la escenificación de una metáfora. Correr hacia una realidad a la que nunca llegas, porque quizá eso es lo que deseas, no llegar nunca a ella, y creo que fue por eso que alguien, en algún momento, decidió inventar la televisión.